Uno de los aspectos más hermosos de nuestra familia de fe es la libertad con la que el Espíritu Santo se manifiesta. Aquí no hay límites para su poder; Él mueve corazones, sana, restaura y renueva. Todos están invitados a ser parte de este mover divino, experimentando en carne propia la presencia de Dios de una manera profunda y personal.